Una de las costumbres mas arraigadas del género humano es señalar como propio aquello que le pertenece (y en ocasiones también lo que no le pertenece). Al marcar con su nombre las cosas, el propietario simplemente está indicando que existe un dueño, evitando así confusiones en cuanto a su legítima pertenencia. Siguiendo esta costumbre no es de extrañar que los libros, como objetos de valor que son, sean firmados por sus dueños o señalados por cualquier marca de posesión.

La marca de fuego se define como una señal carbonizada colocada principalmente en los cantos de los libros mediante un instrumento metálico candente, cuya finalidad era indicar la pertenencia de un libro a determinada biblioteca. Las comunidades religiosas, que eran las que tenían mayor número de volúmenes y necesitaban preservar sus bibliotecas, fueron las que con mayor medida utilizaron este recurso. Actualmente se valora como un testimonio histórico distintivo que permite identificar a las instituciones y particulares que se valieron de ellas, como evidencia de haber sido los poseedores de ciertas colecciones bibliográficas.